domingo, 20 de septiembre de 2009

El día de las gachas migas

Hemos pasado el día en Casa Pistón. Esta vez no tenemos ninguna escusa con nombre y apellidos. Simplemente lo habíamos acordado así porque cuando estamos juntos, lo pasamos muy bien. Podemos llamarle al encuentro: “Bienvenida al Otoño” o mejor, “El día de las gachas migas”.

Simón y sus ayudantes, Paco y Asen han dado forma a las gachas migas que en la versión de esta zona son como una especie de torta y para hacerlas se ha utilizado: Agua, harina, aceite, ajos, salchichas, muy poca inspiración y mucho trabajo (como dijo un artista sobre los elementos necesarios para crear una obra de arte). Ahí han estado dale que te pego peleándose con la sartén y el cucharón.




La parte más arriesgada y donde se requiere más arte y temple, es a la hora de darle la vuelta. El maestro se preparaba con un movimiento sexi-bachatero y seguidamente impulsaba la sartén rápidamente y nos dejaba con la boca abierta viendo como la torta volaba y giraba volviendo a caer por la otra parte.


Mientras tanto, el resto del personal ha “bailado por libre”, es decir, se han ocupado cada uno a lo que le ha parecido bien. Unos han dado un recorrido al terreno a ver los gingoles, las berenjenas, la higuera que con las fechas que estamos parece mentira los higos que tiene todavía. La parra que este año se ha lucido y le han salido uvas hasta del tronco. Han visitado a las gallinas Cuca, Fernanda y Simona y el conejo, que según algunos rumores es el gigoló del corral y se las beneficia a las tres.




Otros no han hecho nada, que para eso es domingo y hay que hacerle caso al Señor que creó este día para el descanso y disfrute.


Pepe, Fernando y Rosi se han ocupado de la barbacoa y se han ahumado cual morcilla manchega frente a la lumbre de la chimenea en el crudo invierno.





Después de mas de una hora de sartén y cucharón y unas cuantas volteretas, las migas se han terminado y este es el resultado final. Simon, Ascen y Paco se han ganado la comida.


Ya sentados a la mesa, sin prisa, hemos tenido tiempo de ir consumiendo lo preparado y de disfrutar de la tertulia.






Paco, ¿cuántos conventos de monjas hay en mi pueblo? Paco se encoje de hombros y nos mira y para nosotros que piensa.- ¡No tiene arreglo! Es su pueblo, ¡y le tengo que decir yo las monjas que hay!

Paco, ¡¡escúchame!! Insiste Ascen, ahora con el tono de voz más fuerte. ¿Cuántos conventos hay? el de Las Mínimas, el de La Paz y… Paco vuelve a mirar al cielo a ver si con un poco de suerte le llueve la solución. ¡Y dale con las monjas! si al final hasta se va a enfadar si yo no me acuerdo.

Cortijo en plan pillín y como le gusta hurgar y llegar al origen de las cosas le ha echado leña al fuego preguntando que de donde viene el nombre ese de “las Mínimas”. Juan dice que puede ser porque las monjas serán pequeñitas. Al final resulta que el convento tiene el nombre del barrio donde está. Lo que no se sabe bien qué fue primero, si el huevo o la gallina, si el convento dio nombre al barrio o viceversa.

Fernando nos ha contado lo que le pasó el otro día, cuando iba en el coche con su nuera. Estaban mudando unos trastos y llevaban el coche cargado y en la baca un colchón.


Cada uno llevaba un brazo por fuera de su ventanilla para sujetarlo. Iban despacio y un conductor en el momento de adelantarles les dijo algo, pero no hemos podido saber qué es lo que dijo porque cada vez que Fernando intenta contárnoslo, se le encojen los ojillos, se pone a reír y no hay manera de entender lo que dice. Es algo así como “m.... de m......”. Podría ser: Monos de monte, memos de Murcia, muertos de miedo, mocos de mona, morcillas de Málaga, meros del mar, mares de Marte o montes de Venus, ¡no! Esto no, que Venus no empieza con “m”.

Como nada de esto nos cuadra, estamos pensando en llevarlo a una sesión de hipnosis a ver si así no le da la risa y nos enteramos.

Después de comer como es natural nos ha dado “mosca” (dicho popular de La Mancha que significa “El sueño que te entra después de comer al mediodía”). Para combatir esta mosca y a falta de sofás para todos, la mayoría ha decidido darse un paseo por los alrededores.

Los chicos no se sabe bien porque, siempre se adelantan en el camino como una especie de avanzadilla militar, quizá para prevenir posibles peligros y pelearse con uñas y dientes con cualquier alimaña que pueda surgir y asustar a las damas, como los perros matones que hay en una finca vecina.



Iban hablando de todo un poco, recordando temas tratados durante la comida, comentando aspectos de los cultivos de la zona o haciendo planes para el siguiente domingo. El cielo estaba oscuro y unos sospechosos nubarrones venían desde Alicante.


Las rezagadas chicas mientras tanto, charlaban de sus cosas cuando notaron que les habían caído unas gotas de agua. Al no ver a los chicos por delante, y haciendo caso a su natural intuición femenina, decidieron dar media vuelta sobre el camino andado.

Los chicos, al percatarse de que no podían ver a las chicas en el trozo de camino que les alcanzaba la vista, se esperaron un rato. ¡Qué raro que anden tan despacio! Si ellas caminan muy deprisa y a veces cuesta seguirles el paso, ¡que parecen el Correcaminos! Bueno, se habrán dado la vuelta. Y muy valientes ellos han dicho.- Nosotros vamos a seguir para adelante.

Al poco, las gotas se han ido multiplicando y ya era un chispear que acababa por mojarles las cabezas y los hombros. A veces bajaba la intensidad y otras subía. No se han puesto chorreando porque las nubes han tenido compasión, pero seguro que llevaban la duda en la cabeza. ¿Nos mojaremos como pollos?


A Simón le ha dado un tirón en el interior del muslo. -Eso van a ser los abductores.- ha apuntado un aficionado a la anatomía. Y como los españoles descendemos de los romanos y por naturaleza nos gusta hacer broma de los males ajenos, le han aconsejado que se relajase sacudiendo la pierna. ¡Pero ten mucho cuidado no se te vaya a caer algo por la pernera del pantalón!

Uno jodido, sacudiendo la pierna para ver si lo que salía despedido era el dolor, y los otros cuatro riéndose de la situación. Menos mal que tenemos buen humor.

Al llegar a la casa, alguien ha puesto música y hemos bailado un rato y repasado unas figuras que les cuesta entrar en nuestras cabezas y si no lo tenemos en la cabeza, ¡cómo va a llegar a las piernas! Pero erre que erre lo vamos consiguiendo.






Hemos disfrutando de un buen día de amistad para nuestra colección de recuerdos.